¿Quién gana cuando un animal se vuelve famoso?
En las últimas semanas, el pato Merlín se ha convertido en uno de los personajes más virales de México. Su presencia en eventos deportivos, entrevistas y celebraciones ha despertado simpatía y admiración entre miles de personas. Como amante del fútbol y de los animales, entiendo perfectamente el entusiasmo que ha generado.
Sin embargo, también creo que este fenómeno nos brinda una oportunidad para hacernos una pregunta mucho más importante:
¿Quién obtiene el beneficio y quién asume el costo de la viralidad?
Desde la ciencia del bienestar animal, esta es una pregunta fundamental.
Los beneficios de estas apariciones son, en gran medida, humanos: entretenimiento, publicidad, presencia en redes sociales e incluso beneficios económicos. En cambio, el posible costo —la exposición constante a ruido, multitudes, manipulación y cambios de ambiente— recae únicamente sobre el animal.
Aquí es donde entra la bioética.
El bienestar animal no se evalúa por las buenas intenciones de las personas, sino por la capacidad que tiene el animal de satisfacer sus necesidades físicas y emocionales. Lo importante no es cuánto queremos a un animal, sino si las experiencias que le imponemos son realmente compatibles con su bienestar.
Otro aspecto que merece reflexión es el uso de accesorios como playeras, disfraces o calzado. Aunque para muchas personas puedan resultar simpáticos o formar parte de la imagen del animal, en bienestar animal existe una pregunta muy sencilla, pero muy poderosa: ¿esto beneficia al animal o únicamente nos gusta a nosotros?
En las aves, el plumaje cumple funciones esenciales relacionadas con la termorregulación, la protección y la comunicación, mientras que las patas son fundamentales para la locomoción, el equilibrio y la interacción con el entorno. Salvo que exista una indicación veterinaria específica, cualquier accesorio debería utilizarse únicamente si beneficia al animal y no limita su comodidad, movilidad o la expresión de sus comportamientos naturales.
La pregunta no es si el pato tolera llevar una playera o unos zapatos; la pregunta es si realmente los necesita y si esos accesorios mejoran su bienestar o únicamente satisfacen una expectativa humana.
Con frecuencia escuchamos frases como:
"Se ve tranquilo.""Lo tratan muy bien.""Está acostumbrado."
Sin embargo, desde la etología sabemos que ninguna de estas afirmaciones constituye una prueba científica de bienestar.
La ausencia de señales evidentes de miedo no significa ausencia de estrés. Muchas especies, especialmente aquellas que son presas en la naturaleza, pueden ocultar o minimizar conductas de temor como estrategia de supervivencia. Además, el estrés también puede manifestarse mediante cambios fisiológicos que no son perceptibles en un video.
También se ha mencionado que Merlín está improntado a los seres humanos. La impronta favorece que un ave establezca un fuerte vínculo con quien la crió desde sus primeros días de vida, pero no elimina las necesidades propias de la especie, ni significa que disfrute automáticamente de escenarios con música, cámaras, luces, multitudes o constantes desplazamientos.
Por ello, la pregunta más importante sigue siendo:
¿Qué obtiene realmente el pato al participar en este tipo de eventos?
Desde un punto de vista científico, el bienestar implica que el animal pueda expresar sus comportamientos naturales, experimentar emociones positivas, mantener cierto control sobre su entorno y reducir situaciones que puedan generar miedo, ansiedad o sobreestimulación.
Acostumbrarse a una situación tampoco demuestra que esta sea beneficiosa. La habituación únicamente indica que el animal ha disminuido su respuesta ante un estímulo repetido; no significa que haya elegido esa experiencia ni que ésta mejore su calidad de vida.
Casos como el de Merlín nos invitan a cambiar nuestra forma de mirar a los animales. Ellos no pueden decidir si quieren convertirse en protagonistas de un espectáculo, vestir determinados accesorios o exponerse a ambientes que pueden resultar estresantes. Esa decisión siempre la tomamos nosotros.
Y precisamente por eso, también es nuestra responsabilidad preguntarnos si lo que hacemos realmente beneficia al animal o solo satisface nuestros intereses.
Porque la popularidad nunca ha sido una evidencia de bienestar.
Quizá la mayor muestra de amor hacia los animales no sea convertirlos en protagonistas de nuestras historias, sino respetarlos lo suficiente como para permitirles vivir de acuerdo con su naturaleza.





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